In Criminología

“A menudo, en el siglo XV, podrías oír a algún romano excéntrico decir: «Voy a cenar con los Borgia esta noche», pero ninguno habría podido decir: «Anoche cené con los Borgia»

Max Beerbohm.

El veneno es un instrumento utilizado para matar, pero es un “arma nefanda”, un arma que mata a traición, el “arma del cobarde” ya que las víctimas no se pueden defender porque ignoran que están siendo asesinadas. Ha sido despreciado a lo largo de la Historia no solo porque mata, sino porque lo hace en silencio, dejando impune el crimen y a salvo al criminal. Matar utilizando veneno no requiere fuerza física, pero está muy relacionado con la astucia y con la seducción. Por estas y otras razones el uso del veneno ha ido tejiendo una leyenda negra quedando vinculado desde tiempos inmemoriales a la mano femenina.

Es en la Grecia clásica donde aparecen los primeros nombres de envenenadoras, tales como Medea (usaba la colchicina en el llamado “azafrán de los pantanos”) u Olimpia, madre de Alejandro Magno, que se vio implicada en varias muertes por veneno. Además esta civilización uso sumarialmente los venenos llegando a tener el “veneno del Estado de Atenas.

Los romanos llegaron a ser expertos en estas sustancias: soldados, criados, esclavos, esposas y hasta la familia imperial utilizaron el veneno y a las envenenadoras profesionales. Livia, mujer de Augusto, usó la belladona para eliminar enemigos molestos, y Agripina, con ayuda de Locusta, mató a su marido Claudio con su comida favorita: uno higos envenenados. El uso del veneno estaba tan extendido que en los banquetes los invitados acudían con el “praegustator” o catador de comidas, para así evitar un posible envenamiento. Ser envenenadora en Roma, era un trabajo, un trabajo femenino y muy lucrativo. Podemos considerar a Locusta como la primera asesina en serie documentada de nuestra historia. Fue utilizada como un instrumento de Estado al servicio de Roma, y se calcula que esta esclava mató cerca de 400 personas entre ellos al emperador Claudio y a su hijo Británico.  Su especialidad eran los llamados “polvos de sucesión”, a base de arsénico aunque también solía utilizar beleño, acónito, setas venenosas y cicuta. Cuando había que deshacerse de un rival político, se deseaba cobrar una herencia o simplemente querían quedarse viudas, se dirigían a Locusta ya que su trabajo era tan bueno que parecía que todas esas muertes habían sido naturales.

Sin embargo es en la Italia renacentista donde la toxicología mortal tiene sus mejores ex­ponentes. En este momento de nuestra historia quien tenía el mejor veneno, tenía el poder y la riqueza. El llamado Con­sejo de los Diez, organización secreta de Venecia, ha dejado diversas recetas de venenos en los que los principales ingredientes eran el arsénico, el cloruro de mer­curio o sublimado corrosivo. Un guante, un perfume o una joya podían ser vehículos de muerte, por lo que los poderosos se rodearon de catavenenos y de investigadores para crear mejores medios de hacer desaparecer a sus adversarios. Giulia Toffana produjo la llamada “acqua tofana”  llegando a matar a unas 600 personas.

Pensemos que hasta hace muy poco tiempo el envenenamiento era uno de los métodos más comunes para acabar con la vida de otra persona. Era fácil conseguir sustancias letales que no levantaban ningún tipo de sospecha de modo que tras el envenamiento de la víctima, podía pasar dicho crimen como una muerte natural o bien por una enfermedad.

En el siglo XVI el científico Paracelso escribió: “Todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno” lo que significa que una sustancia podía ser un remedio (lo que hoy denominamos medicamento) o un veneno, de modo que es la dosis la que determina una u otra cosa. El penalista Giovani Battista Impallomeni (1846-1907) determinó que “el veneno se oculta fácilmente, tiene escaso volumen, se adquiere de un modo anónimo y con poco esfuerzo, no implica un desembolso económico importante, mata de pronto y ahorra el derramamiento de sangre”.

Es finalmente en el siglo XVIII cuando el veneno se “democratiza” y pasa a ser utilizado por todas las clases sociales.  En España, el Tribunal Supremo en sentencia de 11 de julio de 1889 declaró que “el polvo de vidrio molido debe ser considerado como veneno a los efectos legales, si por la forma y la cantidad de la dosis puede ser suficiente para producir la muerte de una persona”. Dicha sentencia se dictó en el proceso contra Pelegrina Montuis quien suministró dicho polvo de vidrio a su marido. Los médicos determinaron que dicha sustancia, alterando el aparato gastrointestinal, fue la causa de su muerte. El TS en 1889 definió que “veneno es toda sustancia que introducida en el organismo puede causar la muerte o graves trastornos. No importa que su actuación sea química o mecánica, pertenezca al mundo mineral, vegetal o animal, admitiéndose que puede ser administrado por cualquier vía: inhalación, ingestión o inyección”.

Las mujeres que matan con veneno comienzan su carrera criminal a partir de los 35 años y sus actos conforman un ciclo de asesinatos donde las víctimas más frecuentes suelen ser personas conocidas y con las que mantienen algún tipo de relación (familia, amigos, amantes, personas a las que cuidan, etc.). El 80% de las veces matan por lucro y su modus operandi consiste en suministrar veneno a la víctima o algún medicamento con la finalidad de provocar su muerte procurando que dicho veneno sea difícilmente detectable en la autopsia.

Su modo de actuar es sigiloso actuando lentamente, sin prisa, para no levantar ningún tipo de sospecha. En algunos casos, no se encuentran pruebas que incriminen a la asesina, puesto que no se detecta que se haya cometido un asesinato, con lo cual no se abre ninguna investigación sobre todo en los casos en que se trata de ancianos o de personas enfermas, ya que se considera que estas personas han muerto por causas naturales debido a su avanzada edad o debido a lo avanzado de su enfermedad. En la actualidad entre los venenos más empleados están los derivados del arsénico, matarratas y medicamentos legales como antidepresivos o antipsicóticos, los cuales son administrados en dosis mortales. El veneno utilizado por muchas de las  envenenadoras españolas ha sido un medicamente llamado COLME, nombre comercial para la cianamida, empleado para la deshabituación de alcohólicos.

El veneno es el arma favorita de las mujeres y este MO está directamente relacionado con el tiempo que tarda la policía en descubrirlas y detenerlas (Wilson y Hilton, 1998) puesto que se tarda más tiempo en detectar la presencia de veneno en los cuerpos de las víctimas, lo que hace que sigan matando sin estar bajo sospecha. Generalmente usan veneno en dosis bajas para registrar el asesinato como muerte natural y que no sea fácilmente detectable en la autopsia aunque en muchos casos con un gran sufrimiento para sus víctimas.

La detección del veneno en el cuerpo no es inmediata. La toxicidad puede aparecer a las 24 horas de la ingesta, a los 15 días o a los tres meses o más. Cuanto más tiempo pasen en aparecer los síntomas más difícil será sospechar que esa persona ha sido asesinada. Por ello el envenenamiento ocupa uno de los últimos lugares en los índices de la criminalidad formando parte de la cifra negra denominación que engloba aquellos asesinatos y homicidios que pasan por muertes naturales, suicidios o accidentes domésticos.

Estas asesinas no desean tocar a sus víctimas, de modo que planean un crimen limpio, sin sangre consiguiendo su objetivo: asesinar en silencio. Matan limpia y lentamente, siendo la propia víctima la que de su propia mano ingiere el veneno, ante la atenta mirada de estas mujeres, a las que se las denomina viudas negras. Son conscientes de que lograr el resultado muerte, les llevará un tiempo, y mientras envenenan, observan, vigilan e incluso cuidan a la víctima. Su sangre fría es implacable, ya que esperan pacientemente a que pasen los días, incluso los meses al lado de su víctima hasta que la ven morir ante sus ojos.  La  muerte por envenenamiento suele venir precedida de una agonía dolorosa, de modo que lo más llamativo, lo que realmente me impresiona, es que las envenenadoras van suministrando el veneno día a día, con sigilo, presenciando atentamente la agonía de su víctima y siendo unas espectadoras privilegiadas del horrible espectáculo de percibir como les arrebatan la vida a esas personas, mirando impasible su final. Son asesinas con un día indeterminado marcado en su agenda.

El veneno es un arma de mujer y el envenenamiento supone la mínima violencia y el máximo refinamiento. Esta es la nota común que distingue a las envenenadoras, ya que cometen sus crímenes de una forma premeditada, fría, insidiosa, sin arrebatos ni improvisación. La mujer que tiene la intencionalidad de matar (animus necandi) prepara el asesinato por envenenamiento cuidadosamente, con cautela y muchos de sus crímenes no llegan a ser descubiertos y en muchas ocasiones ni siquiera llegan a ser probados.

Es esta confianza que tiene la asesina a no ser descubierta, lo que hace que finalmente se convierta en una asesina en serie.

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